El gran dilema del arquitecto

Desde las primeras construcciones de la humanidad hasta nuestros días el arquitecto se ha visto envuelto en un eterno dilema.

De un lado tiene su espíritu purista, amante de la belleza, de la resolución ordenada de problemas, de dar una imagen a la ciudad, de integrarse bien en el entorno urbano, de dotar al ser humano de espacios amables y de proporciones armónicas que sean, además, funcionales. Es lo que podríamos denominar como la voz de la ilusión, aquella que hace al arquitecto luchar por un mundo mejor.

Por otro lado el arquitecto tiene que enfrentarse cada día a la realidad, encontrarse con clientes contratistas y subcontratistas más preocupados por ganar unos míseros céntimos que por conseguir un buen edificio, tiene que hacer frente a plazos, aumentos injustificados de presupuestos, retrasos en las entregas, críticas de la opinión pública y los medios de comunicación ya sean justificadas o injustificadas. Es lo que se conoce como la voz de la realidad. Esta realidad es especialmente intensa en la arquitectura, dado que es una disciplina que afecta a la ciudad y a los ciudadanos. Los grandes presupuestos y la imagen resultante sobre la ciudad la hacen partícipe de la discusión popular y los presupuestos públicos.

el gran dilema del arquitecto

Ambas voces coexisten simultáneamente en la cabeza de todo arquitecto. La primera le hace querer desvivirse por su trabajo. La segunda le incita a no implicarse.

Solo aquellos arquitectos capaces de encontrar el equilibrio entre ambas llegarán a disfrutar con la arquitectura y conseguirán probablemente edificios bellos y funcionales. Saber controlar por un lado las pasiones y por otro a los agentes implicados en la construcción es una habilidad excepcional, reservada para unos pocos, aquellos que finalmente triunfarán.

Fuente: Dibujo Técnico y Arquitectura